martes, 25 de enero de 2011

EL Camino.

Jamás vuelve a ser el camino.

Sin embargo algo nos inclina a retornar, a continuarlo. Nos inquieta la idea de ese recorrido realizado, de esa vuelta con el reencuentro.

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar” dice la frase célebre de Machado, quizás desde una manera de vivir la vida.

Pero el camino, que noche y día está en su lugar, se convierte para el que decide a transitarlo. Es un icono dado a los significados de cada cual, es la perseverancia del tótem, de la perdurabilidad, del inicio y del final. El camino es como es.

Ahí está, bajo el sol aplastante, cubierto de nieve helada, adornado por regueros de agua, acariciado por las brisas, soportando la indolencia de quienes lo ignoran, esperando expectante el deleite de aquellos que se disponen a transitar por  su trayecto.

Las personas tenemos la posibilidad de atribuir a las cosas infinidad de palabras, para cada cual las suyas especiales, atravesados por el lenguaje sobornamos la cosa pura para dotarla de magia, en un encuentro con lo propio. Así la cosa se convierte en una metáfora de vivencias íntimas, en un desliz de amor, de odio, de indiferencia o bien de pasión.

Desde siempre, las montañas, la lluvia, el mar, los árboles, los ríos, las estrellas, el sol, la luna acompañan al hombre dejándose llevar por significados enigmáticos, significados que en muchas ocasiones se convierten en el sentido de una vida misma, un infinito hacia el que dirigir los pasos de toda una historia.

Montañeros, pireneístas, alpinistas, marineros, escaladores, excursionistas, ciclistas… se aventuran a refugiarse en la naturaleza lejos de lo mundanal, vías por las que ascender, sendas que guían la marcha, rutas que manejan el timón, caminos para una travesía.

El tiempo marca la vida como las señales dejan muescas en la piel. Por mucho que nos miremos, o nos miren, jamás se vuelve al ayer, y ese camino jamás vuelve a ser el camino aunque siga estando en su sitio.





La Mola. Catalunya.

Pocas cosas tienen un valor verdadero. Son, quizás, aquellas que sabemos nos esperan pase lo que pase, conociendo la imposibilidad de lo anterior, cambie lo que cambie continúan aún la insensatez de la mediocridad humana. Y así la contundencia de la naturaleza nos invita a reflexionar sobre nuestras vidas.

Si hay algo fascinante al culminar una cumbre es la tentación delirante de permanecer “in eternum” junto a su gratitud, cerca de su majestuosidad. Esa amplitud del espacio abierto muestra la infinidad del mundo, de la vida, y nos aplasta a la vez con la finitud de nuestros días, la caducidad de nuestro camino, de nuestro tiempo.

Siempre cambiante y sin embargo siempre en el mismo lugar.

Alguien dijo que el verdadero sentido de ascender una cima es después bajarla. Ir para volver, y otra vez, y otra y otra… pasar un día y otro día, dejando nuestra huella, deseando mostrar nuestro ímpetu, nuestro coraje, y algunos quizás su angustia.

Logramos al menos eso, sustituir una cosa por otra, una cumbre por otra, un mar por un océano, una carrera tras otra, un camino por otro camino, la oportunidad de satisfacer un anhelo.

Caminos, caminos y caminos. Pedregosos, hostiles, sinuosos y sorprendentes.

Dijo Ovidio: “aunque desfallezcamos, seguimos gracias a nuestra voluntad”. Asciende y desciende demandante de un esfuerzo, fascinado de calmar el deseo de quienes se atreven a vivirlo.

Algo del camino se hace propio, algo nuestro cala entre el paisaje y la distancia, aunque las huellas se desvanecen, se perpetúa en el recuerdo la sombra de un pasaje.

El camino nos acoge con respeto, con tolerancia, con la esperanza de que nuestro paso por él se mezcle con nuestra historia.

En su historia, paseantes osados y sufridos dejan tras de sí tramos de tiempo flotando en un espacio que se disipa fugazmente. Son los instantes de un disfrute colosal y sublime. Son cálidas caricias de placer, un placer por vivir y el duelo al dejarlo atrás, al perderlo.

Caminos desconocidos se anteponen a tu presencia. Irrumpes en un espacio ausente de la historia, de tu historia, iniciando así un nuevo párrafo.

Un día, de aquí se llega a allí, la sed metonímica en busca de puntos insurgentes conduce la mirada a descubrir otros enclaves. Un escondido camino abre sus brazos, acoge la mirada de soslayo, esa que lo reconoce detrás de un árbol, detrás de un montículo o entre matorrales.
Tantas veces se pasa por su vera, pero sin embargo no contemplamos la posibilidad de su existencia. De repente otro día irrumpe ante nuestro rumbo y exclama a nuestra mirada que lo acojamos en nuestro caminar.

Y nos preguntamos a qué se debe nuestra ceguera, ¿por qué solo vemos una parte del mundo cuando en definitiva es tan enorme?. ¿A qué se debe que escuchemos solo unas palabras cuando el repertorio es amplísimo?.

Existen tantas posibilidades, y sin embargo en el día a día convivimos solo con unas pocas. Quizás es complicado desplegar el abanico, la mirada y la escucha. Abrir la ventana de la diversidad puede cuestionar lo propio pero también puede enriquecerlo.

Descubrimos por lo tanto un nuevo camino en nuestro deseo, deseo de recorrer, deseo de saber, de conocer, de ir aún más allá. Y al inmiscuirnos en los entresijos de nuevas sendas y caminos vamos anudando unos con otros creando una red en el espacio imaginario que podemos recorrer y recorrer encontrando el placer de disfrutar un mundo cada vez más abierto. 

Ese camino sí es mágico.



Cándido Sánchez Zafra                 
Psicólogo Clínico y Deportista  

Conocerse a sí mismo. Confianza y autoestima. La armonía emocional y personal.
Entenderse y comprenderse para alcanzar esas metas.
               
“¿Los límites de tu mente son los límites de tu cuerpo?” o “¿Los límites de tu cuerpo son los límites de tu mente?”

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