Jamás
vuelve a ser el camino.
Sin
embargo algo nos inclina a retornar, a continuarlo. Nos inquieta la idea de ese
recorrido realizado, de esa vuelta con el reencuentro.
“Caminante,
no hay camino, se hace camino al andar” dice la frase célebre de Machado,
quizás desde una manera de vivir la vida.
Pero el
camino, que noche y día está en su lugar, se convierte para el que decide a
transitarlo. Es un icono dado a los significados de cada cual, es la
perseverancia del tótem, de la perdurabilidad, del inicio y del final. El
camino es como es.
Las
personas tenemos la posibilidad de atribuir a las cosas infinidad de palabras,
para cada cual las suyas especiales, atravesados por el lenguaje sobornamos la
cosa pura para dotarla de magia, en un encuentro con lo propio. Así la cosa se convierte
en una metáfora de vivencias íntimas, en un desliz de amor, de odio, de
indiferencia o bien de pasión.
Desde
siempre, las montañas, la lluvia, el mar, los árboles, los ríos, las estrellas,
el sol, la luna acompañan al hombre dejándose llevar por significados
enigmáticos, significados que en muchas ocasiones se convierten en el sentido
de una vida misma, un infinito hacia el que dirigir los pasos de toda una
historia.
Montañeros,
pireneístas, alpinistas, marineros, escaladores, excursionistas, ciclistas… se
aventuran a refugiarse en la naturaleza lejos de lo mundanal, vías por las que
ascender, sendas que guían la marcha, rutas que manejan el timón, caminos para
una travesía.
El
tiempo marca la vida como las señales dejan muescas en la piel. Por mucho que
nos miremos, o nos miren, jamás se vuelve al ayer, y ese camino jamás vuelve a
ser el camino aunque siga estando en su sitio.
![]() |
| La Mola. Catalunya. |
Pocas
cosas tienen un valor verdadero. Son, quizás, aquellas que sabemos nos esperan
pase lo que pase, conociendo la imposibilidad de lo anterior, cambie lo que
cambie continúan aún la insensatez de la mediocridad humana. Y así la
contundencia de la naturaleza nos invita a reflexionar sobre nuestras vidas.
Siempre
cambiante y sin embargo siempre en el mismo lugar.
Alguien
dijo que el verdadero sentido de ascender una cima es después bajarla. Ir para
volver, y otra vez, y otra y otra… pasar un día y otro día, dejando nuestra
huella, deseando mostrar nuestro ímpetu, nuestro coraje, y algunos quizás su
angustia.
Logramos
al menos eso, sustituir una cosa por otra, una cumbre por otra, un mar por un
océano, una carrera tras otra, un camino por otro camino, la oportunidad de
satisfacer un anhelo.
Caminos,
caminos y caminos. Pedregosos, hostiles, sinuosos y sorprendentes.
Dijo
Ovidio: “aunque desfallezcamos, seguimos gracias a nuestra voluntad”. Asciende
y desciende demandante de un esfuerzo, fascinado de calmar el deseo de quienes
se atreven a vivirlo.
Algo del
camino se hace propio, algo nuestro cala entre el paisaje y la distancia,
aunque las huellas se desvanecen, se perpetúa en el recuerdo la sombra de un
pasaje.
El
camino nos acoge con respeto, con tolerancia, con la esperanza de que nuestro
paso por él se mezcle con nuestra historia.
En su
historia, paseantes osados y sufridos dejan tras de sí tramos de tiempo
flotando en un espacio que se disipa fugazmente. Son los instantes de un
disfrute colosal y sublime. Son cálidas caricias de placer, un placer por vivir
y el duelo al dejarlo atrás, al perderlo.
Caminos
desconocidos se anteponen a tu presencia. Irrumpes en un espacio ausente de la
historia, de tu historia, iniciando así un nuevo párrafo.
Un día,
de aquí se llega a allí, la sed metonímica en busca de puntos insurgentes
conduce la mirada a descubrir otros enclaves. Un escondido camino abre sus
brazos, acoge la mirada de soslayo, esa que lo reconoce detrás de un árbol,
detrás de un montículo o entre matorrales.
Tantas
veces se pasa por su vera, pero sin embargo no contemplamos la posibilidad de
su existencia. De repente otro día irrumpe ante nuestro rumbo y exclama a
nuestra mirada que lo acojamos en nuestro caminar.
Y nos
preguntamos a qué se debe nuestra ceguera, ¿por qué solo vemos una parte del
mundo cuando en definitiva es tan enorme?. ¿A qué se debe que escuchemos solo
unas palabras cuando el repertorio es amplísimo?.
Existen
tantas posibilidades, y sin embargo en el día a día convivimos solo con unas
pocas. Quizás es complicado desplegar el abanico, la mirada y la escucha. Abrir
la ventana de la diversidad puede cuestionar lo propio pero también puede
enriquecerlo.
Descubrimos
por lo tanto un nuevo camino en nuestro deseo, deseo de recorrer, deseo de
saber, de conocer, de ir aún más allá. Y al inmiscuirnos en los entresijos de
nuevas sendas y caminos vamos anudando unos con otros creando una red en el
espacio imaginario que podemos recorrer y recorrer encontrando el placer de
disfrutar un mundo cada vez más abierto.
Cándido Sánchez Zafra
Psicólogo Clínico y
Deportista
Conocerse a sí mismo. Confianza y autoestima. La armonía emocional y
personal.
Entenderse y
comprenderse para alcanzar esas metas.
“¿Los límites de tu
mente son los límites de tu cuerpo?” o “¿Los límites de tu cuerpo son los límites de
tu mente?”
Individual Clubs
Equipos
Calle Eras del Calvario 7
bj. a. Calle Isaac Albeniz 21 3º B.
La Zubia 18140 Granada 18012
Granada
